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UNA VALIOSA CARACTERÍSTICA

Una vez me dijo alguien que cuando a una persona le restablecían los derechos ciudadanos después de purgar una pena privativa de la libertad, se había acostumbrado de tal manera a la comida del penal que la mayoría de los alimentos que le preparaban en su casa le causaban trastornos digestivos. Ello me indujo a hacer una breve reflexión sobre una de las características del ser humano que desde siempre me ha causado admiración y que se puede activar en el momento en que se requiera. Tiene, entonces, un componente emocional dependiente de un conjunto de reacciones bioquímicas, y otro orgánico o vegetativo, con base en otro grupo de reacciones de idéntica  naturaleza. Al menos es así como se puede  entender la génesis del comportamiento humano.

Y a propósito, la naturaleza misma se ha encargado de dotar al hombre de defensas que le permiten vivir soportando las inclemencias más extremas del tiempo. Por ejemplo, los pobladores de lugares de la tierra donde la temperatura y la radiación solar son altas, tienen abundante melanina en la piel, la cual constituye el primer elemento protector de las funciones vitales.

Nunca he leído, pero sí oído en repetidas ocasiones algo que cuentan que hizo Viktor Frankl, médico judío austriaco, padre de la logoterapia o neurolingüística, que vivió desde 1905 hasta 1997, y cuando promediaba su larga vida, entre 1942 y 1945, estuvo confinado en los campos de concentración  de Auschwitz y Dachau. Afirman que cuando fue conducido al primero de esos ignominiosos lugares se comprometió a salir con vida de allí,  no obstante las condiciones inhumanas a las que seguramente lo iban a someter. La fecha de su muerte lo confirma.

¿Cómo hizo V. Frankl para lograr su cometido? Seguramente  activando muchos mecanismos personales de defensa que le permitieron poner en funcionamiento esa valiosa  característica del ser humano, a la que hice referencia al iniciar la presente, reconocida como la capacidad de adaptación en la cual entran en juego no solo mecanismos vegetativos sino también aspectos volitivos o comportamentales.

Pero, como se dice, no hay necesidad de ir muy lejos para ver las tremendas condiciones del hábitat ambiental o laboral en que se desenvuelve una parte muy significativa de la  población, para reconocer la fuerza e importancia que tiene la capacidad, mejor el poder, de adaptación de los seres humanos. El ingresar a un socavón de una mina y permanecer allí por una jornada laboral, amén de tener que hacerlo por necesidad para conseguir el sustento, es un patético ejemplo de la  capacidad, o mejor, de la fuerza de adaptación que tienen los seres humanos para soportar las condiciones más adversas. Es lo que se ha llamado resiliencia.

Hizo el Papa, en su visita de enero pasado a Chile y Perú, un nuevo llamado de atención a los gobiernos y a los poderosos del mundo sobre la necesidad de respetar y conservar el hábitat de todos los seres humanos -la casa común- e hizo una referencia especial a la gran masa de población que carece de un techo digno por lo que esa capacidad de adaptación casi que llega al límite de lo posible, que se confunde con la pobreza, primera generadora de la enfermedad y de otras deplorables condiciones físicas y sentimentales.

Pero hay múltiples momentos en la vida de todos los seres humanos en los que es imprescindible activar la capacidad de adaptación, para poder hacer la vida más amable o para poder soportar y hacer menos angustiosos los estadios terminales de la que sigue siendo finita existencia.

Recuerdo gratamente la que llaman los alcohólicos anónimos la oración de la serenidad, que dice: “Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar; valor para cambiar aquellas que puedo y sabiduría para reconocer la diferencia”. Digo de gratísima recordación y lo repito para finalizar la presente, porque cuando esta oración está sembrada en lo más profundo del ser constituyéndose en una vivencia y no en una simple fórmula que se pronuncia nada más que con los labios, los dientes y la lengua, puede ser la puerta de entrada a la adaptación hasta en las circunstancias más adversas, y de esta manera hacer más efectivas las medidas que aminoran el dolor y la angustia del final.

Dos líneas para terminar la presente. Mientras que la adaptación es un acto volitivo, consciente, la costumbre es del dominio de lo vegetativo, diría que es producto del soporte o de una circunstancia o de una condición.

Médico José de los Ríos

 

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