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La Medicina: Arte Y Ciencia

Le decía en estos días a una persona muy allegada que, sin perderle el respeto a la opinión ajena, desde hace años estoy con la idea de aproximarme cada día más a tener muy claro el sentido de autoestima, a saber con la mayor exactitud posible quién soy, cómo soy, qué sé, qué no sé, de qué soy capaz y de qué no; espero que los resultados de esta tarea serán muy satisfactorios al momento de cruzar la inexorable segunda puerta de la existencia.

Por eso, con todo el respeto que merecen quienes me deparan la satisfacción de tenerlos como lectores de mis cartas, así haya expresado en varias oportunidades que el primer destinatario de mis páginas soy yo mismo, al punto que no comparto lo escrito hasta que me satisfaga lo que expreso.

Hoy vuelvo sobre un pensamiento que en varias oportunidades de mi vida he traído a colación en los más diferentes escenarios: la cátedra universitaria, las reuniones científicas y administrativas; la intimidad familiar, las reuniones informales con amigos o las conversaciones con gente sencilla. Porque este tema, del diálogo o conversación, se mueve entre lo simple y lo trascendente; con mi voz y con mi práctica profesional siempre he dado testimonio de la necesidad imprescindible de que el componente humano sea una constante en el ejercicio de la medicina y, a veces, he tenido la osadía de anteponerlo al componente científico o ubicarlo a la par o por encima de éste.

El ejercicio de la medicina debe estar perfectamente conjugado con lo que dice una de las definiciones más antigua cuando sostiene que es ciencia y arte; pero si se fuera a aceptar una desviación, digamos que positiva, aceptaría que es mejor que la relación médico-paciente se exceda en el componente artístico, entendido éste como la parte humana, o mejor todavía, como una atención compasiva aceptando la compasión “como la capacidad de meterse en el pellejo del prójimo y sentir con el otro lo que él siente”, como lo escribió Rosa Montero en La Historia del Rey Transparente y que finaliza diciendo : “la compasión es el núcleo de lo mejor que somos”.

Pero dice también Richard Davidson que la empatía es la capacidad de sentir lo que sienten los demás, pero que la compasión es un estadio superior, es tener el compromiso y la herramienta para aliviar el sufrimiento y agrega que “la base de un cerebro sano es la bondad”.

Sin que falte, pero que tampoco sobre, la exageración que dicen caracterizar a los paisas, guardo como de grata memoria de mi desempeño como profesor de medicina, algo en que les insistía a mis alumnos, de manera especial cuando hacía la presentación del programa de Medicina de la Comunidad, instándolos a que al estar frente al paciente no fueran a olvidar muchas cosas, entre ellas los elementos de orden científico que permiten, con más o menos precisión, llegar a tener una impresión diagnóstica con fundamento en la clínica y en el uso racional de las ayudas del laboratorio y de las, cada día más maravillosas, aplicaciones tecnológicas, pero que ante todo deberían hacer explícita la consideración que merece quien manifieste tener un dolor o refiera la aparición de algún signo que considera anormal.

No creo que sea pertinente evocar las prácticas y actitudes del médico recabando sobre el ejercicio de la medicina en las generaciones pasadas incluyendo la de quien esto escribe, porque la vigencia de la definición expresa arriba, tendrá que seguir prevaleciendo no obstante los modelos administrativos con que se quieran prestar los servicios asistenciales tanto en el terreno ambulatorio como en el de internación. Quiero terminar con la expresión de mi cosecha, no así la idea en que se fundamenta, que no hay nada más rico que ponerse en manos de un médico bien querido aunque sea muy brutico.

Médico José de los Ríos

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